EFÍMERO
SUEÑO
Una
pequeña luz se abre entre la oscuridad. Pequeña, sí, pero poderosa y brillante.
No dudo en caminar hacia ella mientras su halo se expande. Veo el polvo
flotando a mi alrededor, suave, movido sólo por el aire que exhala mi nariz;
débiles corrientes de aire que mueven un mundo.
Huele
a viejo, a usado, a recuerdos, a pasado. Casi sin darme cuenta la luz ha
crecido e iluminado todo tenuemente. Me encuentro en un sitio extraño, de suelo
enmoquetado y techo transparente. Miro arriba y mis ojos se topan con la noche,
un firmamento lleno de estrellas que no reconozco. No veo la luna, por más que
busco, no está.
De
las vigas que sujetan el fino cristal del techo penden hilos negros que atan plumas
de colores, a diferentes alturas. Me muevo, hasta que una de ellas me roza la
nariz, es tan suave que casi ni la noto sobre la piel.
Por
todos lados veo estanterías, mesitas, sillas… repletas de libros. Libros de
todos los tamaños, colores, escrituras e idiomas, apilados o colocados de
manera desordenada. ¿Pero qué es este lugar…? No hay puerta, no sé como he
entrado, ni cómo saldré, si es que he de salir… Sólo veo una pequeña ventana
medio oculta tras una de las estanterías, está abierta, pero no se ve nada a
través de ella. En ese momento noto una figura que se mueve tras de mí.
-
Bienvenida.
Me
giro lentamente para descubrir a mi anfitrión, un rostro algo desgastado por el
tiempo, pero con un brillo juvenil en la mirada. El hombre delgado, de pelo
canoso, nariz grande y redondeada y bigote pronunciado me mira como si me
conociera de toda la vida.
Para
mí es todo un enigma quién es este extraño individuo, pero me preocupa algo más
qué hago yo allí y qué es lo que está por suceder ahora. Él espera, paciente, a
que yo dé alguna contestación.
-
¿Qué… cómo… dónde estoy? – La pregunta más simple para la respuesta que más
espero.
-
¿Tú qué crees? Pequeña, ésta es tu primera fase del sueño. Pronto tu
subconsciente despertará y te llevará lejos de aquí.
-
¿Cómo dices? – Demasiado tarde. Su imagen y el resto de la habitación se
desvanecen lentamente. Ya no hay libros, ni plumas, ni estrellas…
No
sé cómo he ido a parar aquí, pero aquel hombre tenía razón, realmente estoy
durmiendo, pero a la vez estoy en mi sueño. Estoy… alucinando. Allá donde miro
hay retazos de sueños que he tenido recientemente, escenas inexplicables, seres
extraños que quedaron guardados en mi memoria. A lo lejos, orientado hacia el
norte, si no recuerdo mal, mi castillo de nieve, cayendo en avalancha y
volviéndose a alzar como por arte de magia; al este, aquel templo junto a la
pirámide que fue absorbida por una tormenta de arena; al sur, un mar, y en él,
un islote coronado por un faro cuya luz nunca se ha apagado; y al oeste… nada.
Y
ahora, ¿qué debo hacer? ¿Hacia dónde ir?
Mis
pensamientos se arremolinan y combaten entre ellos en una lucha desenfrenada.
No es que me sienta perdida, pues, si esto es un sueño, sé que en algún momento
he de despertar, pero no me hace gracia la idea de no saber cuándo va a suceder
eso, o lo que pueda encontrarme aquí mientras tanto. Las pesadillas nunca son
agradables de revivir.
Entonces
una tenue brisa con olor a mar llega hasta mí y me calma. Decido tumbarme en el
suelo, cerrar los ojos y respirar. Briznas de césped comienzan a crecer bajo mi
cuerpo y a mi alrededor, haciendo más confortable la tierra. En la vida real
este hecho debería extrañarme, ¿cierto?
Pasan
así unos cinco minutos en los que intento no pensar en nada, simplemente
coordino mi mente con este lugar. Necesito algo de claridad, miro al cielo,
está anocheciendo muy rápido, aquí el tiempo no es lo mismo, es una concepción
distinta, una dimensión distinta, otra realidad. Las estrellas empiezan a
brillar en un firmamento totalmente oscuro, me pregunto dónde está la luna.
La
brisa comienza a transformarse en un viento suave que mueve la hierba como en
un baile lento. El sonido resultante es tranquilizador y hace que me relaje
durante unos instantes. Pero entonces el viento comienza a soplar fuerte y
ulular violentamente contra mis oídos. Mi pelo se mueve agitado y debo
entrecerrar los ojos para que no me entre arena.
Empiezo
a oír voces, silbidos entre el viento, susurros.
“Debes
buscarle”, “sigue los pasos”, “deprisa”, “búscalo…”, “allá donde nadie halló…”,
“jamás”, “¡corre!”.
Me
levanto y salgo corriendo, como por necesidad pura, hacia donde sopla el
viento. Éste me empuja en dirección oeste, hacia la nada cubierta de un manto
negro. Siento su fuerza arremetiendo contra mi espalda, tanto, que llega un
momento en que prácticamente me arrastra, por lo que tropiezo y caigo,
derrapando sobre una especie de gravilla. Duele y escuece al mismo tiempo, los
rasguños palpitan abrumados. Cierro los ojos con fuerza y vuelvo a levantarme;
sé que no debo quedarme allí parada. Intento correr de nuevo, aún con los ojos
cerrados, ya que el viento me guía e igualmente, no sé a dónde voy.
Llevada
por la corriente continúo, y sé que en algún momento llegaré a esa zona oeste
que supuestamente no alberga nada, y sin embargo debe guardar el mejor de los
paradigmas.
Tras
miles de pasos, mis latidos se ralentizan, en sintonía con el vendaval. Creo que
es hora de abrir los ojos, aunque tengo miedo de lo que pueda encontrarme.
Estupor,
perplejidad, es lo que siento al conformar el paisaje que hay ante mí. Una suave
luz de amanecer baña la hierba, los árboles, la tierra, las rocas cubiertas de
musgo y un lago, entre un fino manto de niebla. Las aguas, tranquilas, reflejan
montañas y cielo. Esto no es, ni mucho menos, lo que mis pensamientos auguraban.
La
serenidad del paisaje me llena tanto que casi olvido por qué estoy allí. Mi
búsqueda de algo que desconozco no ha terminado. Algo me dice que no es éste
lugar lo que debía encontrar, sino algo dentro de él. Miro a mi alrededor, pero
no veo nada relevante, me acerco al lago y me siento en la orilla, dejando que
el agua bañe mis pies, que forman ondas en su movimiento. Entonces me doy
cuenta, en el lago se refleja algo que llevaba extrañando mucho tiempo. Algo
que debería haber estado… y no estaba. Esa imagen que tanto inspira a los
poetas: la luna.
Ahí
está, solitaria, blanquecina, reflectada sobre la superficie. Miro al cielo,
por tercera vez desde que aparecí en este extraño mundo de sueños, esperando
encontrarla brillando tenuemente en el albor del cielo, y grande es mi
confusión al ver, por tercera vez también, que no está.
No
puede ser, me digo. Y sin embargo mis
ojos no mienten. Es entonces cuando reparo en una presencia cercana.
Justo
a mi lado, sonriente, me mira. El reflejo de la luna se ha movido y ahora se
halla en frente de nosotros, como si le hubiera seguido, como si le
perteneciera.
-
Llegas tarde, pero al menos cumples tu promesa.
Y
justo en ese instante me vuelvo completamente consciente de quién es esa figura,
de qué hago allí, de aquella esperanza…
-
Te dije que nos veríamos en sueños.- contesto.