miércoles, 30 de mayo de 2012

Transición

Había una luz al fondo.
Una mariposa destellaba
con sus alas de cristal.
Leía los recuerdos
de una memoria juvenil.
Venía desde abril
y murió en otoño.
Su espíritu sabía a polvo,
pero brillaba
como el primer día.
El humo se mezclaba
con las cartas,
y el jugo de una deliciosa existencia
se extendía por los suelos.


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Esquirlas bajo la piel
y los suspiros del hielo
se agrupan en un mundo
imaginario.
Vuelan cuervos en círculos
invocando los malos sueños.
La daga marca los minutos,
los segundos.
Cada vez que abres los ojos.
Cierra la boca, alza los brazos,
siente la lluvia y sangra las manos.
Salva las gotas del ácido viento.
Traga arena y arrastra cadenas
marcadas con robín
y sombras de muerte.

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Arde una vida sometida,
azorada por el olor del dolor
y por la imagen de la ambición.
Saber lo que es querer,
obviar los sentidos paralelos,
hundirse en el lodo del anhelo.
Vivir, respirar, caer.
Romper el hilo y colgarse.
Derrotado, las alas
cubren un suelo
sembrado de invierno.
Nieve derretida será
el futuro de una vida nueva.

Pure morning~

Las fibras de tu piel,
enredadas con las mías en un albor taciturno.
La luz se asoma tímida por la ventana
y espía a los amantes.
El tiempo, efímero, se derrite
en el sudor de los cuerpos anhelantes.
Vaho en los cristales, maestro
de la ternura al final de los bailes.
Urgencia húmeda y delirante
mientras el amor brota
de cada poro de tu piel.
Deseo, ardor, sábanas y colchón
en perfecta colocación
para satisfacer tus sueños.
Quejidos, suspiros, tus brazos,
sus mimos, las curvas, los labios,
en el lecho marino; recorren la
esencia de lo nunca sentido.
El cruce de pupilas, roce de bocas,
roce sin ataduras, roce sin ropa,
un contacto que evoca
una naturaleza pura,
el paisaje arroyador
del pasaje de la dulzura,
en el capítulo de tu predilección,
del libro de las desventuras.
En el acantilado el mar se está estrellando,
la rama meciendo en el árbol,
el viento la está empujando,
la nieve cae y la lava emerge del volcán
desatando la tempestad.

Decisiones


Era un paisaje extraño, tan extraño como la primera vez que sientes un deja-vu.
El tren iba cruzando un puente larguísimo que parecía no acabar. Sus vías se perdían en el horizonte, sostenidas por unas vigas que se clavaban a unos cincuenta metros por debajo, donde se perdían en un lago sucio, abandonado, triste. Por entre las aguas verdosas se veían las grandes tuberías a ras de suelo por donde el agua era llevada a la ciudad antiguamente, y los raíles que dirigían el camino de los barcos, los raíles que dirigían la vida del lago.
Los peces habían muerto hace mucho, cuando el núcleo de aquella central entró en fusión, y todo explotó, se perdió, todo estaba en llamas, todo fue polvo; y el lago ya no volvió a ser lo que era. Aún quedaban restos, escombros de las fábricas que se situaban a su alrededor, aprovechando la energía hidráulica que generaba la presa, de la que también quedaban ya poco más que la pared principal, medio derruida, guardada en la memoria de los que allí se ganaban la vida, y de los que allí la perdieron.
La nostalgia me invadió, me sentía extraño. Es cierto, las heridas nunca terminan de sangrar. Y ver aquel paisaje me hacía rememorar cosas demasiado dolorosas como para seguir mirando por la ventanilla del vagón. Me dí la vuelta en el banco y me senté bien. Estaba completamente solo, no me había dado cuenta hasta ahora, pero me había extrañado no oír voces a mi alrededor. Aunque tampoco me sorprendía demasiado. El destino de este tren era bastante incierto, algunos decían que paraba en una estación olvidada de la mano de Dios, en medio de un desierto, tras las montañas, donde antes también existió una próspera ciudad que fue arrasada por una tormenta de arena; y otros decían que cruzaba todo el país y llegaba a aquello que llamaban mar. Yo no lo sabía, y bien es cierto que tampoco me importaba. Si no fuera porque la gravedad me ataba al suelo...
Tantas veces había deseado poder volar, volar alto y huir de todo. Casi sin darme cuenta una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. Y yo que me había prometido no llorar, me dije a mí mismo. Y mi pequeño sollozo interrumpió el silencio del vagón.
Sabía perfectamente que podría acabar con todo en ese mismo momento. Tenía la puerta enfrente, desafiante, como queriendo retarme a que la abriera de golpe y saltara al vacío, hacia el gran lago que guardaría mi muerte. Pero me quedé sentado. Algo dentro de mí me decía que, tal vez, en ese incierto destino hacia el que se dirigía el tren, encontraría mi lugar en el mundo.
Saqué un paquete de galletas de mi mochila. No sabía cuánto tiempo quedaba de viaje, pero estaba muerto de hambre y ya no podía resistirlo más. Cogí una, cuidadosamente, la miré, la examiné. Los pequeños cachitos de chocolate que tenía a la vista la hacían aún más apetitosa. Qué fácil sería ser galleta. Su destino es ser comida, y ya está, sin complicaciones, sin dolor, sin vida, claro; pero con un destino.
Me la comí lentamente, mientras imaginaba a qué extraño lugar podría conducirme mi camino. Sí que me gustaría conocer el mar. Mi abuela me había hablado tanto de él...
Una gran masa azul, plácida, viva, ¡y el olor! También me habló mucho de los olores que traía el mar. Recuerdo lo atentamente que la escuchaba cuando ella los describía.
"No se puede comparar con nada que haya aquí, en el interior. El mar tiene un aroma intenso, salado y húmedo. Es un olor que te envuelve y te hace preguntarte qué es lo que habrá más allá del horizonte, que allá se divisa azul y curvado, misterioso, tranquilo..."
Ella había vivido su infancia en la costa, hasta que se casó con mi abuelo y vinieron a vivir al interior, en busca de trabajo, ya que la pesca estaba en decadencia.
¡Ah! Ahora ansiaba verlo más que nunca. Quería saber que era lo que sentía mi abuela cuando miraba al mar y el agua bañaba sus pies. Quería ver peces nadando a mi alrededor y deseaba tocar la arena húmeda que cambiaba con la marea. Sabía que me traería muchos recuerdos de ella y que sería triste porque había muerto hace un año, pero ahora ésa era mi meta. Mi única meta, y lo que me haría seguir adelante. Aunque las vías que sentía crujir bajo el tren no me llevaran hasta mi destino, iría, de cualquier modo. Y con mis cavilaciones me fui quedando dormido en el incómodo banco, mientras el sol se fue ocultando en el horizonte montañoso.

martes, 29 de mayo de 2012

Alma viajera ^^


Las lagunas se secaron y el viento comenzó a soplar, meciendo suavemente el prado teñido de otoño, pintando el cielo con flores secas. Anhelaba tanto llegar a ese lugar, un punto en la mente del que nadie me podría arrancar. Ahora soy una raíz aferrándose a un sueño, siento el agua y el sol; la lluvia bajo tierra se filtra hasta mi corazón. Emerjo, una pequeña mariposa surca el horizonte junto a mí, liberada de su crisálida, su vida será corta, pero vuela a mi lado, entre la niebla del amanecer, húmeda y cálida a la vez.  Cala mis huesos, pues ahora mi alma pertenece a este cervatillo que corre campo a través, rodeado por su manada. Los cascos retumban bajo el suelo, atronadores. Las gotas del rocío ya se han secado sobre mi denso pelaje, que refleja los tímidos rayos de luz que ahora se internan entre las ramas del bosque. Huele a madera y a tierra mojada, un tierno pájaro canta sobre una rama. Es de color azul, como el cielo que ahora sobrevuelo, llevada por una pasión ciega, surco nubes y arcoíris en pos del horizonte, nada puede detenerme, la libertad es parte de mi espíritu, que se entremezcla con el sonido de un cristalino río que queda bajo mi atenta mirada. Es tan refrescante estar en el agua, el sol ha alcanzado su cénit y su luz da de lleno en el corazón del manantial. Mis aletas se mueven al compás de la corriente, soy parte del torrente, soy agua en mi interior que me
dio la vida y me la arrebata, pues me espera una cascada al final. Dará fin a mi existencia el mar, la caída es demasiado estremecedora. Me convertiré en espuma y perteneceré por siempre a la línea que unifica cielo y océano.

No dejes que se apague...

A veces con tener el boli en la mano no basta.
La inspiración llega como un vendaval. Sólo cuando tu cálido corazón ha templado las ideas, éstas se elevan hacia las nubes, más allá, como el globo que escapó de tu infantil mano. Trepan por el cielo y bailan entre ellas, se mezclan, se funden, se recrean como la más perfecta de las obras de la naturaleza, se debaten y disfrutan del éxtasis de la libertad. Mientras, se alejan. Vuelan hasta que el helado espacio tienta a recogerlas. Pero ellas sienten el frío, y anhelan volver a casa. Miran atrás, allá abajo estás tú, tan pequeño, esperando pacientemente. Se precipitan como la lluvia de verano, queriendo volver a ser acogidas entre tus brazos para guiar tus manos y revelarte los secretos del infinito.
Tus pensamientos han vuelto e iluminan tu mirada, te llevarán a la gloria, a la paz del alma, pues en ellos te desbordas y desahogas todo lo que escondes en tu interior. Con ellos conquistarás un corazón, reflejando tus palabras en los poemas que bombea a través de las venas.
Una vez más, te pones a escribir y ves que al fin tus promesas han vuelto, que aún puedes hacerlo: crear magia, vivir en un hechizo y consumir la tinta en palabras que no caerán en vano, si aquel corazón conquistado revive al albor de tus ojos.
Para ellos somos simples maniquís, pero un fuego perpetuo arde en nuestra mirada, aun cuando la pasión por un futuro pierde su sentido al ver que las horas venideras torcerán el camino, seremos los últimos en ser libres antes de morir. Los últimos en desafiar a la gran masa de mentes privadas de imaginación. El globo que escapó de su manos no volvió, la irá se revolcó en sus corazones, la esperanza fue sustituida por pasividad. No lo volverán a intentar, pero nosotros lucharemos hasta el final.

Relato


Bueno aquí va un relato que escribí hace mucho tiempo, espero volver a tener días de inspiración como éste... ^^
AL OTRO LADO DEL PASILLO


Relato corto

Creí despertarme de una pesadilla… Para caer en otra.
Estoy en lo alto de un rascacielos. Camino descalza por la azotea. Llueve, como si fuera el fin del mundo. Miro abajo para contemplar la vida que discurre, impasible, a los pies de este gigante de cemento. Visto desde arriba los paraguas de los transeúntes forman un bosque oscuro y tentador, mientras los coches siguen su camino. De repente, mi cráneo se ha estampado contra el asfalto tras 85 pisos de caída libre.

Despierto, con un espasmo repentino. Nada de eso ha ocurrido.
Aun así me duele el simple hecho de abrir los ojos. No recuerdo nada. No… recuerdo… nada. Una sensación de soledad absoluta me rodea. Por mis poros emana la debilidad y pesadez del conjunto de piel y huesos en que me he convertido.
Una pequeña bombilla colgada del techo se empeña en ganarle la guerra a la oscuridad. Un intento en vano. Las sábanas de la cama, de color blanco sucio, son enfermizas. Son sábanas de hospital. Huele a muerto y a papilla. Esta habitación me repugna. Debo salir de aquí, como sea. Necesito aire. Necesito…
Entonces alzo la vista. Esos ojos… me miran, y a la vez miran al infinito. Ningún alma se esconde tras ellos, pero están ahí, y me inquietan. Me esfuerzo por enfocar y descubrir a qué o quién pertenecen esos orbes. Terrorífico. Terrorífico y a la vez trágico. Me inunda la conmoción al ver que mi enfermera es un maniquí. Me sigue mirando, con sus facciones perfectas, con el misterio grabado en sus ojos, y esos labios que nunca fueron besados. Como la Bella Durmiente esperando a su príncipe azul. Es una imagen macabra. Se me encoge el corazón. Me ha parecido que pestañeaba. Tal vez…
¡No! De verdad que necesito salir de aquí. Me estoy volviendo loca. Intento moverme, levantarme de la horrible cama. Y entonces me doy cuenta… El lado izquierdo de mi cuerpo no responde. Estoy aterrada, paralizada. Alzo mi mano derecha , agarro la izquierda, la levanto a unos 20 cm de la cama y la dejo caer. Nada. No he sentido nada. Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas y el llanto a huir de mi pecho.
Brisa. Noto como el aire fresco roza mi piel. Pero cómo… Vuelvo a mirar al maniquí, pero ya no está. Mi corazón se para un segundo, para volver a latir frenéticamente. Hay una ventana, una ventana abierta, y el maniquí ya no está. Movida por la desesperación me levanto a horcajadas de la cama, agarrándome a cualquier objeto que me sirva de apoyo. Sigo sin sentir nada en parte de mi cuerpo, cubierto por uno de esos despreciables pijamas de hospital. Me he arrancado la sonda que llevaba en la muñeca, desgarrándome un poco la piel, y sigo sin sentir nada, puesto que estaba en el lado izquierdo. Mana sangre por el agujero que dejó la aguja a su paso hacia el exterior. Gotas carmesí ruedan por mi mano y se precipitan al suelo, lo que me hace pensar que aún debo pertenecer al mundo de los vivos.
Y llego a la ventana. Y lo que se vislumbra a través es espeluznante. No hay absolutamente nada. Sólo una infinita nube gris. Una nube gris que avanza, devorando todo a su paso. En ese justo instante algo estalla en mi cerebro, produciéndome un terrible dolor de cabeza. Las neuronas se contraen y expanden, como en una danza mortal. Grito, y me desgarro la garganta. Las lágrimas no me dejan ver. Doy un puñetazo en el cristal de la ventana con la única mano que aún obedece mis órdenes y éste se rompe. Cientos de esquirlas saltan y rajan la piel de mis nudillos. Pierdo el equilibrio y caigo al frío suelo, donde me clavo más de esos cristalitos en las rodillas y las palmas de las manos. –Esto no puede estar pasando-, me digo a mí misma. Y finalmente el dolor de mi cabeza cesa y se manifiesta en forma de recuerdo.
Veo a mi madre, y me veo a mí, de pequeña. Estamos en mi habitación y mi madre me lee un libro para dormir. La historia interminable. Yo no entendía lo que era la Nada, y mi madre se empeñaba en buscar una explicación razonable para una niña de 7 años. Pero ahora lo entiendo. Es justo como lo que acabo de ver ahora por la ventana. Es un vacío tragándoselo todo.
Ya no puedo más, mis fuerzas se han agotado por completo. Tirada en el suelo, toda ensangrentada y bañada en lágrimas veo mi final muy próximo. Pero entonces escucho una voz. Una dulce y suave voz femenina, cantando, al otro lado de la puerta. Sé que debo ir hacia ella. Ya no me cuestiono nada. Es mejor no hacerlo.
Me arrastro, como puedo, hasta la puerta que separa esta celda de mi libertad. Está entreabierta. Llevo una media hora restregando mi cara contra el suelo y estoy feliz de haber alcanzado la salida. Y en este tiempo la voz no ha dejado de cantar. Me pone de los nervios porque es un idioma que desconozco, pero a la vez me tranquiliza. Tengo la extraña sensación de que esa voz liberará todo el peso de mi cuerpo.
Atravieso el umbral y llego al pasillo. Aquí la voz se escucha más clara, pero todo está completamente oscuro. Me apoyo en la pared para levantarme, aún con todos los cristales clavados en mí. La voz sigue entonando esa triste melodía. Me acerco, paso a paso, centímetro a centímetro. Cada vez se escucha con más claridad. Miro al frente. Todas las luces se encienden de golpe.
El maniquí. Es ella… la reconozco. Sigue cantando. Se mueve, y ahora estoy segura de que me mira a mí, fija e intensamente. Pero hay algo más. Ese maniquí… es… es… es mi madre. Mi madre cantándome una de las nanas con las que siempre me dormía. Ya no es un idioma desconocido. Es mi madre, que me guía a través de las sombras. Mi madre, que va a librarme de todo el dolor. Mi madre, que me apunta con una pistola. Que aprieta el gatillo. Sonrío, porque es mi madre, su esencia impregna esa bala que me atraviesa el corazón concediéndome descanso eterno. No volveré a despertar.


lunes, 28 de mayo de 2012

Oda al viento en las plumas

Alzar el vuelo, batir las alas,
suave, guiada por el viento.
Saludar a las nubes y ver,
como desde arriba, todos parecen
más pequeños.
Sentirse pájaro, ave infinita
en el abismo celestial.
Volar, tan simple y etéreo,
volar en sueños y despertar
en el aire.
Flotar.
Un nuevo comienzo ^^