Bueno aquí va un relato que escribí hace mucho tiempo, espero volver a tener días de inspiración como éste... ^^
AL OTRO LADO DEL PASILLO
Relato corto
Creí despertarme de una pesadilla… Para caer
en otra.
Estoy en lo alto de un rascacielos. Camino
descalza por la azotea. Llueve, como si fuera el fin del mundo. Miro abajo para
contemplar la vida que discurre, impasible, a los pies de este gigante de
cemento. Visto desde arriba los paraguas de los transeúntes forman un bosque oscuro y tentador, mientras los coches siguen su camino. De repente, mi cráneo se ha estampado contra el asfalto tras 85
pisos de caída libre.
Despierto, con un espasmo repentino. Nada de
eso ha ocurrido.
Aun así me duele el simple hecho de abrir los
ojos. No recuerdo nada. No… recuerdo… nada. Una sensación de soledad absoluta
me rodea. Por mis poros emana la debilidad y pesadez del conjunto de piel y
huesos en que me he convertido.
Una pequeña bombilla colgada del techo se
empeña en ganarle la guerra a la oscuridad. Un intento en vano. Las sábanas de
la cama, de color blanco sucio, son enfermizas. Son sábanas de hospital. Huele
a muerto y a papilla. Esta habitación me repugna. Debo salir de aquí, como sea.
Necesito aire. Necesito…
Entonces alzo la vista. Esos ojos… me miran,
y a la vez miran al infinito. Ningún alma se esconde tras ellos, pero están
ahí, y me inquietan. Me esfuerzo por enfocar y descubrir a qué o quién
pertenecen esos orbes. Terrorífico. Terrorífico y a la vez trágico. Me inunda
la conmoción al ver que mi enfermera es un maniquí. Me sigue mirando, con sus
facciones perfectas, con el misterio grabado en sus ojos, y esos labios que
nunca fueron besados. Como la Bella
Durmiente esperando a su príncipe azul. Es una imagen
macabra. Se me encoge el corazón. Me ha parecido que pestañeaba. Tal vez…
¡No! De verdad que necesito salir de aquí. Me
estoy volviendo loca. Intento moverme, levantarme de la horrible cama. Y
entonces me doy cuenta… El lado izquierdo de mi cuerpo no responde. Estoy
aterrada, paralizada. Alzo mi mano derecha , agarro la izquierda, la levanto a
unos 20 cm
de la cama y la dejo caer. Nada. No he sentido nada. Las lágrimas comienzan a
rodar por mis mejillas y el llanto a huir de mi pecho.
Brisa. Noto como el aire fresco roza mi piel.
Pero cómo… Vuelvo a mirar al maniquí, pero ya no está. Mi corazón se para un
segundo, para volver a latir frenéticamente. Hay una ventana, una ventana
abierta, y el maniquí ya no está. Movida por la desesperación me levanto a
horcajadas de la cama, agarrándome a cualquier objeto que me sirva de apoyo.
Sigo sin sentir nada en parte de mi cuerpo, cubierto por uno de esos
despreciables pijamas de hospital. Me he arrancado la sonda que llevaba en la
muñeca, desgarrándome un poco la piel, y sigo sin sentir nada, puesto que estaba
en el lado izquierdo. Mana sangre por el agujero que dejó la aguja a su paso
hacia el exterior. Gotas carmesí ruedan por mi mano y se precipitan al suelo,
lo que me hace pensar que aún debo pertenecer al mundo de los vivos.
Y llego a la ventana. Y lo que se vislumbra a
través es espeluznante. No hay absolutamente nada. Sólo una infinita nube gris.
Una nube gris que avanza, devorando todo a su paso. En ese justo instante algo
estalla en mi cerebro, produciéndome un terrible dolor de cabeza. Las neuronas
se contraen y expanden, como en una danza mortal. Grito, y me desgarro la
garganta. Las lágrimas no me dejan ver. Doy un puñetazo en el cristal de la
ventana con la única mano que aún obedece mis órdenes y éste se rompe. Cientos
de esquirlas saltan y rajan la piel de mis nudillos. Pierdo el equilibrio y
caigo al frío suelo, donde me clavo más de esos cristalitos en las rodillas y
las palmas de las manos. –Esto no puede estar pasando-, me digo a mí misma. Y
finalmente el dolor de mi cabeza cesa y se manifiesta en forma de recuerdo.
Veo a mi madre, y me veo a mí, de pequeña.
Estamos en mi habitación y mi madre me lee un libro para dormir. La historia
interminable. Yo no entendía lo que era la Nada, y mi madre se empeñaba en buscar una
explicación razonable para una niña de 7 años. Pero ahora lo entiendo. Es justo
como lo que acabo de ver ahora por la ventana. Es un vacío tragándoselo todo.
Ya no puedo más, mis fuerzas se han agotado
por completo. Tirada en el suelo, toda ensangrentada y bañada en lágrimas veo
mi final muy próximo. Pero entonces escucho una voz. Una dulce y suave voz
femenina, cantando, al otro lado de la puerta. Sé que debo ir hacia ella. Ya no
me cuestiono nada. Es mejor no hacerlo.
Me arrastro, como puedo, hasta la puerta que
separa esta celda de mi libertad. Está entreabierta. Llevo una media hora
restregando mi cara contra el suelo y estoy feliz de haber alcanzado la salida.
Y en este tiempo la voz no ha dejado de cantar. Me pone de los nervios porque
es un idioma que desconozco, pero a la vez me tranquiliza. Tengo la extraña
sensación de que esa voz liberará todo el peso de mi cuerpo.
Atravieso el umbral y llego al pasillo. Aquí
la voz se escucha más clara, pero todo está completamente oscuro. Me apoyo en
la pared para levantarme, aún con todos los cristales clavados en mí. La voz
sigue entonando esa triste melodía. Me acerco, paso a paso, centímetro a
centímetro. Cada vez se escucha con más claridad. Miro al frente. Todas las
luces se encienden de golpe.
El maniquí. Es ella… la reconozco. Sigue
cantando. Se mueve, y ahora estoy segura de que me mira a mí, fija e
intensamente. Pero hay algo más. Ese maniquí… es… es… es mi madre. Mi madre
cantándome una de las nanas con las que siempre me dormía. Ya no es un idioma
desconocido. Es mi madre, que me guía a través de las sombras. Mi madre, que va
a librarme de todo el dolor. Mi madre, que me apunta con una pistola. Que
aprieta el gatillo. Sonrío, porque es mi madre, su esencia impregna esa bala
que me atraviesa el corazón concediéndome descanso eterno. No volveré a
despertar.