miércoles, 30 de mayo de 2012

Decisiones


Era un paisaje extraño, tan extraño como la primera vez que sientes un deja-vu.
El tren iba cruzando un puente larguísimo que parecía no acabar. Sus vías se perdían en el horizonte, sostenidas por unas vigas que se clavaban a unos cincuenta metros por debajo, donde se perdían en un lago sucio, abandonado, triste. Por entre las aguas verdosas se veían las grandes tuberías a ras de suelo por donde el agua era llevada a la ciudad antiguamente, y los raíles que dirigían el camino de los barcos, los raíles que dirigían la vida del lago.
Los peces habían muerto hace mucho, cuando el núcleo de aquella central entró en fusión, y todo explotó, se perdió, todo estaba en llamas, todo fue polvo; y el lago ya no volvió a ser lo que era. Aún quedaban restos, escombros de las fábricas que se situaban a su alrededor, aprovechando la energía hidráulica que generaba la presa, de la que también quedaban ya poco más que la pared principal, medio derruida, guardada en la memoria de los que allí se ganaban la vida, y de los que allí la perdieron.
La nostalgia me invadió, me sentía extraño. Es cierto, las heridas nunca terminan de sangrar. Y ver aquel paisaje me hacía rememorar cosas demasiado dolorosas como para seguir mirando por la ventanilla del vagón. Me dí la vuelta en el banco y me senté bien. Estaba completamente solo, no me había dado cuenta hasta ahora, pero me había extrañado no oír voces a mi alrededor. Aunque tampoco me sorprendía demasiado. El destino de este tren era bastante incierto, algunos decían que paraba en una estación olvidada de la mano de Dios, en medio de un desierto, tras las montañas, donde antes también existió una próspera ciudad que fue arrasada por una tormenta de arena; y otros decían que cruzaba todo el país y llegaba a aquello que llamaban mar. Yo no lo sabía, y bien es cierto que tampoco me importaba. Si no fuera porque la gravedad me ataba al suelo...
Tantas veces había deseado poder volar, volar alto y huir de todo. Casi sin darme cuenta una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. Y yo que me había prometido no llorar, me dije a mí mismo. Y mi pequeño sollozo interrumpió el silencio del vagón.
Sabía perfectamente que podría acabar con todo en ese mismo momento. Tenía la puerta enfrente, desafiante, como queriendo retarme a que la abriera de golpe y saltara al vacío, hacia el gran lago que guardaría mi muerte. Pero me quedé sentado. Algo dentro de mí me decía que, tal vez, en ese incierto destino hacia el que se dirigía el tren, encontraría mi lugar en el mundo.
Saqué un paquete de galletas de mi mochila. No sabía cuánto tiempo quedaba de viaje, pero estaba muerto de hambre y ya no podía resistirlo más. Cogí una, cuidadosamente, la miré, la examiné. Los pequeños cachitos de chocolate que tenía a la vista la hacían aún más apetitosa. Qué fácil sería ser galleta. Su destino es ser comida, y ya está, sin complicaciones, sin dolor, sin vida, claro; pero con un destino.
Me la comí lentamente, mientras imaginaba a qué extraño lugar podría conducirme mi camino. Sí que me gustaría conocer el mar. Mi abuela me había hablado tanto de él...
Una gran masa azul, plácida, viva, ¡y el olor! También me habló mucho de los olores que traía el mar. Recuerdo lo atentamente que la escuchaba cuando ella los describía.
"No se puede comparar con nada que haya aquí, en el interior. El mar tiene un aroma intenso, salado y húmedo. Es un olor que te envuelve y te hace preguntarte qué es lo que habrá más allá del horizonte, que allá se divisa azul y curvado, misterioso, tranquilo..."
Ella había vivido su infancia en la costa, hasta que se casó con mi abuelo y vinieron a vivir al interior, en busca de trabajo, ya que la pesca estaba en decadencia.
¡Ah! Ahora ansiaba verlo más que nunca. Quería saber que era lo que sentía mi abuela cuando miraba al mar y el agua bañaba sus pies. Quería ver peces nadando a mi alrededor y deseaba tocar la arena húmeda que cambiaba con la marea. Sabía que me traería muchos recuerdos de ella y que sería triste porque había muerto hace un año, pero ahora ésa era mi meta. Mi única meta, y lo que me haría seguir adelante. Aunque las vías que sentía crujir bajo el tren no me llevaran hasta mi destino, iría, de cualquier modo. Y con mis cavilaciones me fui quedando dormido en el incómodo banco, mientras el sol se fue ocultando en el horizonte montañoso.

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