Las lagunas
se secaron y el viento comenzó a soplar, meciendo suavemente el prado teñido de
otoño, pintando el cielo con flores secas. Anhelaba tanto llegar a ese lugar,
un punto en la mente del que nadie me podría arrancar. Ahora soy una raíz
aferrándose a un sueño, siento el agua y el sol; la lluvia bajo tierra se
filtra hasta mi corazón. Emerjo, una pequeña mariposa surca el horizonte junto
a mí, liberada de su crisálida, su vida será corta, pero vuela a mi lado, entre
la niebla del amanecer, húmeda y cálida a la vez. Cala mis huesos, pues ahora mi alma pertenece
a este cervatillo que corre campo a través, rodeado por su manada. Los cascos
retumban bajo el suelo, atronadores. Las gotas del rocío ya se han secado sobre
mi denso pelaje, que refleja los tímidos rayos de luz que ahora se internan
entre las ramas del bosque. Huele a madera y a tierra mojada, un tierno pájaro
canta sobre una rama. Es de color azul, como el cielo que ahora sobrevuelo,
llevada por una pasión ciega, surco nubes y arcoíris en pos del horizonte, nada
puede detenerme, la libertad es parte de mi espíritu, que se entremezcla con el
sonido de un cristalino río que queda bajo mi atenta mirada. Es tan refrescante
estar en el agua, el sol ha alcanzado su cénit y su luz da de lleno en el corazón
del manantial. Mis aletas se mueven al compás de la corriente, soy parte del
torrente, soy agua en mi interior que me
dio la vida
y me la arrebata, pues me espera una cascada al final. Dará fin a mi existencia
el mar, la caída es demasiado estremecedora. Me convertiré en espuma y
perteneceré por siempre a la línea que unifica cielo y océano.
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